NOVELA

           Nueve años tenía Ana cuando sus padres decidieron trasladarse a Madrid, fue un diciembre de 1959, muy temprano, demasiado temprano y demasiado pronto para Ana.
Su madre la despertó con dulzura, pero agitándola para que no se durmiera otra vez, había prisa, mucha prisa. Toda la casa estaba patas arriba, cajas, maletas, muebles desarmados y colocados a lo largo del pasillo de la calle Córcega 617, principal primera de Barcelona. Inclusive la ropa de Ana aparecía dentro de varias cajas de cartón que aun estaban abiertas. Todo era un caos para Ana, ya nada estaba en su sitio.
De camino al baño se cruzó con Ricardo, su padre, que llevaba la radio que le había regalado María, su madre, envuelta en una manta y se dirigía hacia el descansillo de entrada de la casa. Casi la pisó sin querer, pero  la sonrió como señal de disculpa. ! Como le gustaba la sonrisa de su padre! Eso la tranquilizo.
           Hacía días que Ana se había enterado de que ya no vivirían más en Barcelona,  su madre, le contó que tenían que irse por algo relacionado con la enfermedad que había tenido su padre hacia unos años atrás.
Desde que se enteró, dormía intranquila todas las noches, tenía la sensación de que alguien iba a aparecer por debajo de su cama y se la iba llevar a no se sabía dónde.
No quería irse de su ciudad, no quería abandonar a sus amigos, su colegio, su barrio, su familia, su perro, en una palabra, su vida. Nadie había contado con ella, todo el mundo daba por hecho que Ana estaba de acuerdo con irse a vivir a casa de sus abuelos en Madrid. Cuando  preguntaba a su madre, siempre  contestaba lo mismo: "Hija, las cosas son así y no podemos hacer nada. Ya verás cómo te va a gustar vivir allí. Además están tus primos y estrenaras colegio."
           Estrenaras colegio, como si eso fuera un regalo. ¿Por qué son así los adultos? Se preguntaba Ana una y otra vez, sin hallar respuesta a sus dudas y miedos.

           Salió del baño y se topo con su tío, el hermano de su madre, era un tipo especial,  Julio era su nombre y había estudiado para ser piloto, pero Ana no sabía por qué motivo lo había tenido que dejar.
Hacía varios días que él y dos amigos habían venido desde Madrid con una DKW para ayudar en el traslado, a los padres de Ana. Se alojaban en un hotel cercano para no molestar con el devenir que había en esos momentos en la casa. 
   
          Ana se vistió en el dormitorio de sus padres, lentamente, como si fuera lo último que fuera hacer en su vida, mientras observaba lo que quedaba a su alrededor.
Muchos de los muebles habían desaparecido, inclusive la cama de matrimonio ya no estaba allí, pero si la "coqueta", donde su madre se sentaba, todas las noches,  para cepillarse el pelo. También estaba el armario ropero de las cuatro lunas, como a ella le gustaba llamarlo. Recordó las tardes que había pasado cantando delante de sus espejos, disfrazándose con la ropa y las joyas de su madre. ! Que regañinas  había recibido por eso, incluido algún que otro zapatillazo! Se echo a reír. Por curiosidad, abrió una de las puertas del armario para ver si todavía contenía algo, estaba vacío, pero en el fondo de una de sus estanterías había una cajita, su cajita. Allí guardaba el dinero que le daba su padre cada vez que traía buenas notas y las traía muchas veces, porque era  buena estudiante. Le gustaba estudiar, le gustaba su colegio, sus amigos, su barrio, su familia, su perro, su vida.
           Desde el dormitorio le llegó un rumor que procedía de la escalera, se acercó a la ventana que daba al patio y vio que eran su tío Julio y sus amigos,  Miguel y Luis,   estaban bajando  atados, cubiertos por cartones, trapos, cajas de madera y maletas, los objetos que hasta ahora habían formado parte de su día a día. Parecían los restos de un naufragio.
Se quedo un buen rato observando la triste caravana hasta que su madre la llamó para que fuera a desayunar. Fue hacia la cocina y de camino vio algo en el suelo, junto a otras cosas, que parecían próximas a desaparecer.  No podía creerlo, eran sus estampas, sus postales, todas estaban allí, esperando que las tiraran, como si nada. Se arrodillo y las fue recogiendo una a una, separando y buscando entre las otras cosas que sus padres habían decidido que ya no les iban hacer falta. Busco algo donde meterlas y según las iba metiendo recordó cuantas veces habían servido de consuelo cuando estaba enferma. Su madre se las traía y Ana las miraba y con cada una de ellas se imaginaba una historia, quizá diferente a la de otras veces o igual a la anterior. Y ahora, todas aquellas historias, estaban tiradas en el suelo como si fueran cadáveres sin dueño. Guardó todas las que pudo y se fue a la cocina a desayunar.
Allí estaba su madre preparando comida para el viaje, ni siquiera la miro, solo se limitó a apartarla en un par de ocasiones, porque la molestaba para seguir con su faena.
De repente alguien chisto por el patio, era una voz de sobra conocida por Ana,  la señora Margarita, la vecina de enfrente, Margarita, la madre de Víctor, su mejor amigo, compañero de juegos y de peleas, otra estampa, otra postal que debía abandonar sin remedio.
Desde la ventana de su cocina hizo gestos a la madre de Ana indicándola que iba a pasar a verla. Segundos más tarde estaba en su casa llevando un plato envuelto en una servilleta a cuadros.  Beso a María muy cariñosa y ambas se miraron, como solo saben mirarse las mujeres, sin hablar,  solo se miran y entienden con esa mirada todo lo que hay que entender.
-"Tenga, para el viaje y haga el favor de comer. María,  está usted muy delgada."
-"Gracias." Contestó la madre de Ana y miro por debajo de la servilleta para ver lo que contenía aquel plato.  Eran pestiños, los pestiños más ricos que Ana jamás había comido y comería el resto de su vida.
-! Son pestiños! Grito Ana con alegría y ambas mujeres llevándose el dedo a la boca, la chistaron para que no elevase tanto la voz, después la señora  Margarita la beso en la frente y le dio un pequeño paquete.
-"Toma, lo ha hecho Víctor para ti. Dice que  escribas mucho y que vengas pronto a vernos."
Después se  volvió para despedirse de su madre, sin palabras, sin lágrimas y se fue sin hacer ruido, se fue para siempre, porque ya no la volverían a ver nunca más.
Ana destapó el regalo y vio con asombro que era el juguete más apreciado por su amigo Víctor. El guerrero indio que siempre llevaba consigo a todas partes, Jerónimo, con sus plumas, su arco y sus flechas. Víctor lo había pintado para que pareciera nuevo, pero era su guerrero, su compañero de juegos y el que siempre vencía a los americanos, porque a Víctor no le gustaban los americanos y ahora se lo había regalado a Ana y ella no pudo contener las lágrimas y aferrándose a la cintura de su madre, lloró desconsoladamente porque no entendía, porque tenía que abandonar su casa, su colegio, sus juguetes, sus recuerdos, su familia, su perro y  a su amigo Víctor.

            El padre de Ana recorrió toda la casa y se fue fijando en todos los rincones por si se dejaban algo, bajo las persianas de los dos miradores, cerro las cortinas de cretona, apago las luces del salón, la cocina, el baño, el cuarto trastero, el comedor y por último la del pasillo y la del recibidor; pero antes de cerrar el piso, definitivamente,  indicó a la madre de Ana que quería estar solo un momento. María lo entendió y asiendo la mano a su hija, bajo las escaleras con un par de bultos que faltaban.
Ana sujetaba a su osito "Pichurri" bajo el brazo derecho, colgado del brazo izquierdo llevaba, dentro de una bolsa las pocas postales y estampas que había podido rescatar y al indio "Jerónimo" que le había regalado su amigo Víctor.  Miró a su madre y vio que lloraba en silencio, no dijo nada, siguió bajando las escaleras y al llegar al portal se volvió para mirar por última vez su casa, su portal, su ascensor, su portería, su principal primera del 617 de la calle Córcega  de Barcelona.

            Fuera en la calle estaban su tío y sus dos amigos esperando para terminar de cargar e iniciar el viaje.
-¿Y Ricardo? Pregunto Julio a su hermana.
-Ahora baja, quería dejar todo en orden, ya sabes cómo es de perfeccionista.
-!Ya!
           -Ya no hay solución, pensó Ana, ahora bajará mi padre y nos iremos.
       
          La furgoneta estaba a tope, apenas si cabían las personas, aunque era bastante grande.
María entró y se sentó detrás del conductor, que en está ocasión iba a ser Miguel el amigo de su hermano. La madre de Ana quería mucho a Miguel porque era médico y en una ocasión salvo a la abuela de Ana de morir de una intoxicación de piñones. Todo un triunfo para un estudiante de tercero de medicina por aquel entonces.
Ana preguntó donde debía sentarse y su madre la señalo, que detrás, encima del colchón de la cama de sus padres. Se colocó sin rechistar, el ambiente no era propicio, ni para preguntar, ni para quejarse.
Desde su especial asiento y por una de las ventanas laterales de la furgoneta, aunque poco se podía ver con tanto trasto, Ana vio como su padre cerraba el portal y se acercaba a donde estaban todos esperándole. Una vez dentro, beso a la madre de Ana y dijo:
-Cuando queráis-
   
           Y comenzó, para Ana, el camino hacia lo desconocido.

           Cuando todos estuvieron sentados, Miguel puso en marcha la furgoneta, el sonido del motor Diesel era inconfundible y olor del combustible también. Ana se tumbo boca abajo en el colchón de matrimonio de sus padres y fijo la mirada en la ventana trasera del vehículo.
            Desde esa situación vio como, su casa, el bar donde su padre se tomaba, todos los domingos, el vermut y le regalaba a ella los panchitos del aperitivo, envueltos en una servilleta de papel, la carnicería donde a veces jugaba a ser carnicera con la hija de la dueña, la tienda donde el señor Ángel planchaba con esmero las camisas de su padre, porque a su madre y a la tata Pilar no se les daba nada bien planchar, la fábrica de envasar aceitunas, la panadería, el colmado de la señora Sara, donde su madre compraba las "monchetas" para hacérselas a su padre con butifarra, el quiosco y las vías del tranvía, como iban alejándose, haciéndose cada vez más y más pequeños, pero al cruzar por la calle Castillejos, Ricardo indicó a Miguel que parara. Ana se volvió porque no entendía el motivo de la parada y puso cara de alegría al comprobar que justo en la esquina estaba su tío Carlos, marido de Paula  prima hermana de su madre,  llevando con él a su Kebyr, a su perro, al pastor alemán que una vez la salvo de ser atropellada en esas mismas vías por el tranvía que ese día pasaba por allí. 
Ana grito el nombre del perro y el animal comenzó a ladrar con locura. Antes de que su padre la dijera que podía bajar, ya estaba ella en la acera abrazada a su perro, llorando, riendo, pegándose lametones mutuos, haciéndose mimos y arrumacos, como siempre lo habían hecho desde pequeños.
Kebyr llego a la vida de Ana justo a los dos meses de haber nacido ella, lo trajo su tío Carlos, que era policía de la brigada criminal de Barcelona, tenía un mes y decían que era descendiente directo de "RIN TIN TIN", el famoso perro de la televisión, por aquel entonces. El perro no se quedo a vivir en casa de Ana, porque realmente era para su tía Paula,  que amaba a los animales y ya tenían en casa una gata muy coqueta y un loro parlanchín; pero daba igual porque se veían casi todos los días, inclusive, en muchas ocasiones los pillaban durmiendo uno al lado del otro, como si fueran en vez de perro y humano, dos hermanos de sangre.

          Mientras Ana y su perro seguían abrazándose, Carlos le entrego algo a su padre, ambos hombres se abrazaron y se desearon lo mejor para el futuro. María también bajo para despedirse de Carlos y después llego lo peor, Ana tenía que volver a la furgoneta y dejar a su perro. No pudo contenerse, se asió al cuello de su Kebyr con tal fuerza que casi lo ahoga. Su padre la separo como pudo y en ese momento el perro pensando que le estaban haciendo daño a la niña le propino un mordisco a su padre, que gracias a que llevaba puesto el abrigo, solo le desgarro parte de la manga, pero si no,  habría sido mucho peor. Ana lloraba, el perro ladraba, casi aullaba y todos gritaban a la vez haciendo que aquella despedida se pareciese más a una pelea que a otra cosa. Por fin todos consiguieron serenarse y María abrazó a su hija con fuerza para que la niña entrara en el furgón.
Miguel arrancó de nuevo la furgoneta y Ana ya no pudo ver nada más por la ventana trasera , las lágrimas se lo impedían y en ese momento juro que jamás se olvidaría de su casa,  su barrio,  su colegio,  su perro,  su familia,  su amigo Víctor,  su amiga Mari Gloria, de los Princep, de los señores Reder, de las noches de San Juan, de la hogueras, del día que casi se muere por un atracón de palomitas que le hizo la chacha Loles, la misma que la llevaba al Somorrostro, sin que sus padres lo supieran, a ver su hermana Angustias, de los veranos en el "terrao" de la casa, bañándose en los baldes llenos de agua fresquita, que ponían las mujeres para luego tender la ropa, del olor del patio, del Tibidabo, de los cuentos que le contaba su abuela Mercedes para dormir, del parque "Güell" y sobre todo de su ciudad.

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SU CASA

           Para Ana era la casa más bonita del mundo, de su mundo. El salón-comedor, habitación principal de la casa, tenía dos miradores que acababan en forma de pico, dándole a la estancia una sensación de  luminosidad y de confort especiales. Para su padre ese era su rincón favorito. Se sentaba, muchas veces, en una silla bajita, que también utilizaba su madre cuando cosía y se ponía a leer el periódico o a fumar. Cuando llegaba el verano casi vivía en ese lugar, porque abriendo ambos balcones había corriente y como Ricardo sudaba mucho aquello le reconfortaba.
Los muebles eran prácticos, de colores claros. Una mesa camilla grande acompañada por dos sillones de oreja, de color verde, junto a una lámpara con revistero y dos sillas haciendo juego, definía claramente la parte más importante del salón. En el sillón donde estaba la lámpara se sentaba su padre y en el otro su madre. Cuando Ana los veía ahí sentados, cada entretenido con sus cosas, tenía la sensación que eran los reyes de un reino, solo conocido por ella y se sentía segura, tranquila, sin miedo.
Dentro de la misma estancia había un mueble, muy apreciado por su padre, un "secreter" donde le veía escribir, hacer cuentas o simplemente ordenar papeles. De ese mueble no se quiso desprender su padre cuando tuvieron que irse a vivir a Madrid. 
Curiosamente en ésa misma habitación y debido a su luminosidad y amplitud, los padres de Ana, decidieron poner su cama.
Su padre había diseñado un mueble, que pareciera una especie de librería y dentro, detrás de unas puertas muy bien trabajadas, aparecía su cama. Por el día nadie, salvo los conocidos, podía, ni imaginar, lo que aquel mueble contenía en su interior. Sobre el estaba la radio, una radio que era el centro de sus vidas, la novela "Ama Rosa" a primera hora de la tarde, "Matilde, Perico y Periquín" y los "partes", que se decían entonces, por las noticias, presidian el día a día de todos los miembros de su familia.
            A Ana, lo que más le gustaba de aquella habitación, a parte de su mueble especial, era una pequeña pecera, redonda y de cristal, que contenía peces de colores. Todos los días cuando terminaba de comer recogía las migas que habían caído de partir el pan y corría a echárselas a los peces, que nadaban veloces a disfrutar de tan apreciado manjar.
Su madre limpiaba la pecera todos los días y le echaba agua, no del grifo sino embotellada, porque el agua de Barcelona era muy mala y si no los peces se hubieran muerto inmediatamente.
           Un día de invierno los peces aparecieron todos muertos y fuera de la pecera, al parecer habían saltado los tres, como en una especie de suicidio colectivo. Cuando Ana despertó se los encontró en semejante estado y aunque corrió para meterlos, de nuevo, en la pecera, los peces como si fueran piedras acabaron juntos en el fondo. Ana lloró desconsoladamente y fue la primera vez que sintió de cerca lo que era perder a alguien querido y saber que jamás lo iba a volver a ver. Lo que no sabía era que esa sensación, de perdida o de abandono, ya no la abandonaría nunca. 
           Su madre decidió que los iban a enterrar juntas y así lo hicieron, subieron a el "terrao" y en una de las múltiples macetas que habían plantado las vecinas en variopintos cacharros, latas de tomate natural, cubos de zinc, jarrones rotos,  enterraron a Pitu, Clarisa y Pon, que así se llamaban sus apreciados peces.
Nunca más, hubo peces en esa casa, su padre decidió que su hija no tenía porque volver a pasar ese mal trago, ni siquiera Ana pidió que la compraran más.

         El dormitorio de sus padres era para Ana su refugio especial, allí iba cuando se despertaba por las noches o cuando estaba enferma. Le gustaba especialmente meterse en la cama entre su padre y su madre los domingos. Allí se quedaba un buen rato, acurrucada, oliendo ambos cuerpos y sintiendo su protección.
La cama era grande, el cabecero  de acero y cubierto por una tela azul, parecida a la seda natural y adornada con formas floreadas, le daban un cierto aire imperial.
La pieza más importante era el armario, constaba de cuatro partes y cada una pertenecía a un miembro de la familia, menos el del centro que era donde su madre colocaba la ropa de cama y las toallas. Una ropa que siempre olía a fresco y siempre era blanca.
     
           La cocina era sencilla y daba al patio central de la finca, donde también estaba ubicada la escalera y el ascensor. Había una nevera de color blanco donde su madre guardaba los alimentos perecederos. La nevera no se enchufaba a ninguna parte, sino que en la parte superior tenia una especie de cajón donde su madre colocaba una barra de hielo, que solía comprar un día sí y un día también, que hacía que los alimentos duraran más tiempo. Debajo del armario de la nevera había una cubeta donde se depositaba el agua que se iba descongelando. A veces, sobre todo en verano, la barra de hielo se descongelaba antes de lo previsto y la cocina se inundaba por el exceso de agua depositado en la cubeta.
Todas las cocinas daban a aquel patio y eso era el motivo por el que las vecinas aprovechaban para hablar  entre ellas mientras estaban guisando o haciendo otra cosa en su cocina.
Ana se divertía mucho con eso, porque iba a la habitación de sus padres y desde su ventana, que también daba al patio,  escuchaba el ir y venir de sus conversaciones sin orden, ni concierto.
A veces su madre, la dejaba jugar a las cocinitas con ella y cogía sus ollas de niña e imitaba, en lo que podía, a su madre. Era feliz con eso y en ocasiones cuando llegaba su padre a comer, Ana, le ponía un plato de juguete con aquello que había guisado y su padre imitaba, gestualmente, como si se comiera aquel guiso. Todo un gozo para Ana.

           El baño estaba azulejado hasta la mitad de la pared. Los azulejos eran de color azul verdoso y la bañera era grande, con cuatro patas con forma de garra de león. El lavabo estaba justo detrás de la puerta y allí tenía su padre su maquina de afeitar, su jaboncillo y todos los utensilios que usaba  para asearse por las mañanas, antes de ir a trabajar.
           Su madre se quejaba, muchas veces, del tiempo que tardaba su padre en el baño.
           En ese baño sufrió Ana su primer descalabro y nunca mejor dicho, porque se empeño, en contra de su madre, bañarse sola esa noche. Alegaba que ya era mayor y no había manera de convencerla, tenía cuatro años. Su madre cedió ante tanta insistencia y no había pasado ni diez minutos cuando oyó un fuerte golpe que procedía de la pared de baño. Corrió y cuando entro vio a su hija tirada en el suelo con la cabeza llena de sangre y Ana llorando como una loca de dolor. La levanto, la enrollo en una manta y se fue corriendo a casa de unos vecinos que el padre era médico. Le dieron diez puntos, sin anestesia, ni nada, diez puntos, que para Ana no fueron nada en comparación con la humillación que estaba pasando.
Cuando llegaron a casa, su padre acaba de llegar del trabajo y al enterarse de lo ocurrido, se enfado mucho y termino discutiendo con su mujer. Ricardo  la acusaba de ser excesivamente condescendiente  con Ana y la madre decía que todo había sido un accidente que le podía haber pasado a cualquiera.
Aquella noche Ana ceno en la cocina y después se acostó sin darle un beso a su padre. Tuvo pesadillas horribles, pero no se atrevió a ir al dormitorio de sus padres, por si la regañaban. Paso mucho miedo, mucho miedo, algo que ,hasta ese día, no había experimentado; pero esa noche se acoplo   a su cuerpo y ya no la dejaría nunca más. 
Después de ese día, no volvió a pedir que la dejaran bañarse sola. 

          Pasado el baño se encontraba el cuarto trastero, era una habitación ciega donde solo había armarios y se guardaban cosas que no eran para uso cotidiano. A su vez era el cuarto de juegos de Ana en invierno. Aquella habitación no le gustaba, especialmente,  le parecía oscura y tétrica, pero contenía un armario muy especial, porque a él solo tenía acceso su padre. Nunca había visto lo que contenía aquel armario, a pesar de intentar ver algo a través de la mirilla de la cerradura. 
Ese secreto hizo que Ana utilizase su imaginación, en más de una ocasión,  ante sus amigos, sobre todo con Víctor, su vecino, que era algo miedoso, contándoles que  aquel armario guardaba tesoros inimaginables,  u otras cosas fruto de su invención que la hacían  parecer ante los demás como la protagonista de cuentos tan conocidos por todos, como Peter Pan ó Alicia en el País de las Maravillas.  
        Curiosamente, aquel secreto,  fue desvelado ante sus ojos cuando su padre tuvo un accidente con la moto y eso hizo que le escayolaran el brazo derecho y que por los múltiples golpes sufridos, tuviera que estar en absoluto reposo, durante varios meses.
        Un día en que Ana estaba jugando en el trastero, su madre entró en el cuarto e introdujo la llave en el armario de sus secretos y giro. El sonido de aquella llave hizo que Ana dejara a "Pichurri" en el suelo y se volviera sin pensárselo dos veces. Ante sus ojos apareció la verdad que escondía el armario.
-¿Solo hay ropa?- Preguntó bajito.
-!Sí!-  Contestó su madre. -¿Que pensabas que había dentro?-
Ana no contesto, allí delante de sus ojos estaban sus historias, camisas colgadas en sus perchas por colores y perfectamente planchadas, esperando el estado de revista de su dueño, calcetines, pañuelos, corbatas, calzoncillos y zapatos alineados como si de un ejército  se tratara, en espera del visto bueno de su general antes de entrar en guerra.
-!Que decepción!- Pensó Ana y se fue a buscar a su padre, que estaba en el salón fumándose un pitillo, entre mirador y mirador, como hacía siempre.  
-¿Que te pasa Ana?- Preguntó Ricardo, nada más verla. 
-!Nada!-  Se sentó a su lado y cogió un cuento. 
Ricardo paso su mano por la cabeza de su hija,  la miro y dijo: 
-!Esa imaginación, Ana, esa imaginación!-
-¿Como se había dado cuenta su padre de lo que había pasado? !Por eso era su héroe! !Él lo sabe todo!- Pensó y se puso a mirar el cuento.
                El comedor principal, curiosamente, estaba en la entrada de la vivienda, justo a la derecha de la puerta de entrada. Era una habitación grande, con muebles recios, castellanos, con una mesa de mármol ancha y larga, que daba a un patio interior, donde su madre tenía que salir, cada dos por tres, porque caían cosas de los pisos superiores. 
En ese cuarto era donde castigaban a Ana, sus padres cuando se portaba mal. La encerraban y así la dejaban durante horas, para que se diese cuenta de lo que había hecho. Pero Ana encontró un truco para estar bien, cogió una cuerda del cuarto trastero y se hizo un columpio entre las patas delanteras de aquella pesada mesa. Pasaba el tiempo columpiándose y cantando canciones en alemán, que eran las que ella se sabía. Otras veces cuando se aburría, gritaba fuerte llamando a su madre, para que la liberase de su encierro y en más de una ocasión, fue la vecina de al lado, la señora Cristina, la que hizo que la liberaran porque estaba harta de escuchar sus chillidos.  
         En el aparador de aquel comedor había una taza que contenía velas de sal, a Ana le gustaba chuparlas como si fueran polos... En más de una ocasión al abrir la puerta para rescatarla de su castigo, se la encontró su madre, dormida en la suelo y con la vela de sal en la boca. Por su puesto antes de salir de allí, regañina por haberlo hecho. 

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VÍCTOR

             Víctor era un niño delgado, con cabellos rubios muy rizados, de tez morena y labios gruesos, era el hijo de la señora Margarita y el señor Rodríguez, vecinos de escalera desde que sus padres llegaron a Barcelona.
             Corría el rumor, por la vecindad, que la señora Margarita y el señor Rodríguez no estaban casados y eso hacía que algunos vecinos, bastante reaccionarios, no saludaran a la señora Margarita, ni cuando iba con su hijo.
Los padres de Ana no eran así, eran gente abierta, con principios y de buen corazón, nunca negaban el saludo a nadie y siempre acudieron a atender a quien les necesito, por eso cuando se fueron a vivir a Madrid, los vecinos les homenajearon de diversas formas. Unos trayendo dulces, otros con recetas secretas que jamás habían dado a nadie, otros invitándoles a tomar una copa de cava en su casa, pero todos los vecinos, en general, sintieron de corazón su marcha. Por eso la señora Margarita estuvo esperando hasta el último momento para entregarles sus famosos pestiños y así no tener que encontrarse con nadie.
        A pesar del problema, que tenían sus padres, a Víctor no parecía afectarle, era un niño alegre, travieso y muy divertido, que hacía las delicias de su amiga Ana. Pasaban mucho tiempo jugando juntos y cuando bajaban a la calle a jugar, que era casi todos los días, menos en invierno, Víctor era el defensor de su amiga y si alguien le decía algo ofensivo o la pegaba el salía como el Capitán Trueno al rescate de su amada Marian.
         Víctor fue para Ana como el hermano mayor que nunca tuvo y deseo tener durante tantos años.
         Cuando se intoxico Ana  con las palomitas de maíz, que le hizo la chacha Loles, esa famosa tarde y se puso tan enferma, que estuvo incluso a punto de morir, su amigo Víctor se fue a la calle sin decirle nada a nadie y atravesando varias avenidas llego hasta la Sagrada Familia, que era donde iban todos los domingos a Misa y se arrodillo cerca del Cristo más grande que encontró para pedir por su amiga. Cerca de las 8 de la tarde lo encontraron, su padre y unos vecinos dormido en ese mismo banco y cuando su padre le despertó y quiso echarle una buena regañina, el niño levantó la mirada y le dijo:
-¿Papa ya se ha puesto bien Ana?-
Como es lógico el señor Rodríguez abrazó a su hijo y cogiéndole en brazos se lo llevo de vuelta a casa.

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SU BARRIO

           El Barrio, era para Ana, su castillo, el lugar donde descubrir, jugar, reír, pelearse, inventar y sobretodo compartir su vida con otros niños, que era lo que más le gustaba.
Raro era el día que no salía a jugar con ellos. En aquellos años no había peligro para que los niños jugaran en la calle. El tráfico era escaso y había espacio suficiente  para sus juegos. Las madres vigilaban desde las ventanas y los balcones a su vastagos y la madre de Ana no era diferente.
Cuando era necesario se asomaba al mirador y la llamaba para que subiera a comer o para que hiciera algún recado y Ana subía sin rechistar, porque tenía sabía que si se negaba luego no la dejaban volver a bajar.

           Cuando salía del portal de su casa, justo a la derecha estaba la tienda del señor Manel, donde planchaban las camisas de su padre. Siempre que bajaba se paraba delante de esa tienda para que le llegara el olor a limpio de la ropa recien planchada. En invierno no se veía nada a través de los cristales por el vapor que desprendían las prendas cuando el señor Manel las planchaba. A veces, Ana, limpiaba con sus manos el cristal y asomaba su nariz roja por el frio y el señor Manel la guiñaba el ojo, cuando se daba cuenta y ella se reia.

            Después de la tienda del señor Manel venía la carnicería donde iba a jugar con la hija de la dueña, a ser carniceras y un poco más allá estaba la peluqueria donde acudía su madre todas las semanas para que la arreglasen el pelo.  Cuando Ana necesitaba un corte de pelo, también bajaba con su madre, aunque no era plato de su gusto, porque la peluquera, que se llamaba Montse solía hacerla una cola de caballo tan apretada, que terminaban doliendole las sienes. En cambio si le gustaba que la lavaran el pelo y luego la pusieran una toalla rodeando la cabeza, como a las artistas de las peliculas. Ella se miraba en el espejo y hacía muecas cuando creía que nadie la veía.
El día de su primera comunión la hicieron dos trenzas con rizos al final y las ataron con unas gomas de color blanco. Estaba preciosa y ella lo sabía. Ese día no le importo bajar a la peluquería, además la peluquera le regalo una caja con caramelos que guardo celosamente al llegar a casa. No estaba dispuesta a repartirlos con nadie.
           A mano izquierda había una fabrica de deshuesar aceitunas, luego las envasaban y todos los viernes por la mañana llegaban un par de camiones para llevarse las cajas y distribuirlas por mercados y colmados.