30 de enero de 2011



El otro día me desperté, me levante, me lave los dientes, desayune, salude a mi gato, salí a la terraza, mire al cielo, llovía.
 Entre, me senté en el sofá y ya no me moví. Cuando me volví a levantar ya era la hora de cenar.
¿Y me pregunto? ¿Que pasó durante todo ese tiempo? ¿Donde estuvo mi cabeza?  ¿Había alguien conmigo, a parte de mi gato, que me acompañaba? ¿Que sentimientos me inundaban en esos momentos? ¿Alguien sabe donde va la mente cuando se te queda en blanco? Ciertamente no fue un día triste, ni tedioso, fue como si hubiera entrado en el agua del tiempo y me hubiese dejado mecer por sus ondas, de un lado a otro y así sucesivamente. Dejandome llevar, llevar, hasta un límite por mi desconocido. El cuerpo, mejor dicho el alma se relaja y por un corto o largo espacio de tiempo, dejas de ser tú para entrar a formar parte del universo y todo te parece distinto, alcanzable, fácil y desearías no volver jamás; pero la mecedora de agua te vuelve a depositar en la orilla y viene el sol y seca tus lágrimas, arropa tu frío y te manda un viento cálido que hace que vuelvas a la realidad y oigas en la radio a Ángeles Barceló en hora 25 y ves que tu universo es una pantalla de ordenador conectada a Internet y te das cuenta en donde has estado todo este tiempo. Sentada, clickeando, clickeando, clickeando y te asusta la idea de ser un muñeco de ciencia ficción al que le dictan todos los días que espacio y que tiempo tiene que ocupar y que hagas lo que hagas un día te van a desconectar y tu esencia quedara impregnada en la red, para que otros la recojan y la esparzan o la eliminen en el peor de los casos.
¿En realidad, hay alguien ahí? ¿O es que estamos todos metidos en un película que no tiene fin?
La energía no se destruye.

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